Distintos hechos de su vida lo conforman como un fiel sacerdote de la Unidad, desarrollando en él un estado contemplativo y profundo de su alma, de manera que se puede contemplar la gracia de quien vive la santidad en esta vida terrenal. Se queda en medio nuestro como un modelo impecable de sacerdote mariano y misionero, con una fe sencilla y robusta, acompañada de su humildad, espíritu de oración, alegría y don de gente, teniendo siempre como centro de su vida a Jesús Eucaristía, bajo el amparo de la Virgen María, Madre y Reina de la Unidad.

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El Padre Alberto Vittadello, Primer Moderador General de nuestra Obra “María, Madre y Reina de la Unidad”, nace en Padua – Italia, el 19 de noviembre de 1935, siendo el tercero de seis hermanos, de una familia acomodada y de raíces profundamente cristianas. A la edad de 17 años, el 6 de octubre de 1952, ingresa al noviciado de la Congregación de Misioneros del Corazón de Jesús, fundada por San Daniel Comboni, en Florencia. Ocho años después de haber ingresado a la Congregación, el 2 de abril de 1960, nuestro Padre Alberto recibe el Orden Sacerdotal en la Catedral de Milán, por el entonces Cardenal Giovanni Battista Montini, quien más adelante sería el Papa Pablo VI.

“Me siento un enviado, un ministro de Jesucristo que, arrancado de toda atadura terrenal, está cumpliendo el mandato del Maestro: «id»” (Padre Alberto).

El 5 de marzo de 1963, llega por primera vez al Ecuador y se constituye como Misionero Comboniano en Esmeraldas, provincia costeña. La Misión Santa María de los Cayapas (1963-1967), Río Verde y Atacames (1967-1970), distribuida a lo largo de los ríos, con su población indígena de cultura primitiva, marcó la vida del Padre Vittadello. En ella dio lo mejor de sí, dedicándose con amor y tenacidad, llegando a sentir los desafíos de la inculturización. Como un acto meritorio, se dedicó a estudiar la lengua hablada por ellos. Consideró que el “Chapalachi” tenía sus propias leyes y gramática, y dejó cuatro libros escritos en la misma.

“Las selvas oscuras, los esteros, los ríos impetuosos de Esmeraldas llegarán a ser de Jesús, también por mi intermedio. Es esto que me hace sentir la persona más feliz de la tierra.” (Padre Alberto).

El Padre Alberto, en su facilidad para adaptarse al mundo del otro, sin complicarse, se hizo a la realidad de los Cayapas, llegando a ser para ellos un padre, patrono y protector. Al igual que Jesús, se ocupó de atender las necesidades del cuerpo y curar las heridas del alma:

“Como Jesús, yo también estoy acá para que los Cayapas tengan la vida y la tengan en abundancia. Dios quiere que también los Cayapas se salven. Sin fe no hay salvación y sin palabra no hay fe” (Padre Alberto).

En 1973 fue enviado a México como formador de postulantes. Ahí permanece hasta 1977, año en el que regresa al Ecuador y es remitido a Quinindé, en el cargo de Vice Párroco hasta 1980.

Más tarde, es transferido nuevamente a la comunidad de los Cayapas y a la comunidad de El Carmen, donde entrega diez años de servicio (1983-1993). En este periodo vive la etapa misionera más larga y estable de su vida, donde muestra su total pasión por difundir el Evangelio. Entre incomodidades y tribulaciones predica como un auténtico testigo del Evangelio. En fiel obediencia se declaró siempre disponible y nunca nadie se alejó de él quedándose con las manos y corazón vacíos, todos recibieron una palabra de ánimo, una sonrisa, un estímulo.

En abril de 1994, el padre Alberto regresa a Quito y recibe el encargo importante de ser formador de jóvenes para la vida misionera.

En ese mismo año, es invitado a participar de los encuentros y oración de nuestra naciente Obra de la Unidad, donde poco a poco se fue involucrando y enamorando de aquel Jesús que hizo milagros, que amó tan intensamente y habló tan magníficamente, como lo hizo en su paso por Palestina. El Padre Alberto siempre estuvo sediento por todo aquello que es de Dios y de la Santísima Virgen María. No necesitaba invitación con filo de oro cuando de asistir a las cosas Dios se trataba.

Es así que, meses después, el Cardenal Bernardino Echeverría pide su servicio en la Obra “María, Madre de la Unidad”, para la Iglesia del Ecuador. Y de esta manera el Padre Alberto, cierto de haber encontrado la Voluntad de Dios en la voz del Cardenal, acepta con agrado y total disposición, comenzar este camino que le fascinaba, en el que anhelaba incesantemente hacer la voluntad de Dios.

El mismo año el Cielo permite un especial encuentro entre dos almas fieles. Es así como el padre Alberto conoce a Marcia Morcillo, alma escogida, con quien hizo un camino profundo de amor y unidad. Estas dos almas compartieron su vida, llegando a gozar de una relación fundamentada en lo divino, una relación de padre-hija de amor verdadero, en la que el Padre Alberto en su actitud siempre humilde, llegó a descubrir a un Cristo vivo y a contemplar lo incomprensible. Es así como decidió permanecer con su corazón entregado en esta naciente Obra del Corazón de Jesús.

Entre septiembre y noviembre de 1994, el Señor inspira los carismas a las comunidades de la Obra que en ese momento se creaban. Y es en este mismo año donde el Padre Alberto siente profundamente en su corazón que Jesús lo llama a gestar el gran proyecto fundacional de María, Madre de la Unidad.

La humildad, don de gente, docilidad y sencillez, y particularmente, la alegría y sonrisa del Padre Alberto, cautivaron los corazones de las personas que se iban comprometiendo en este camino espiritual profundo, dejándose transformar poco a poco por la gracia de Dios. Así es como el Padre se convierte en pilar y sostén, siervo humilde, consejero y confesor de cientos de almas, que poco a poco llegan a nuestra naciente Obra de la Unidad.

El 4 de abril de 1995, mientras el Padre Alberto estaba en Santa Fe de Bogotá – Colombia, el Cardenal Bernardino Echevarría, viendo los frutos de conversión de personas, familias, matrimonios y religiosos, decide pedirlo a sus superiores para que se dedique completamente a servir y ofrecer su vida como Moderador General en la Obra “María, Madre de la Unidad”. Era conocido y aprobado por Mons. Echeverría que quienes formaban parte de esta Obra de Amor y Unidad, atravesaban procesos profundos de conciencia del alma, que los llevaban a tener un verdadero cambio en sus vidas.

El 4 de mayo de 1995 el Padre Vittadello escribe una carta que dirige al Padre Provincial de los Combonianos y a su Consejo en Ecuador:

“Mi secreto deseo era que el Señor mismo diera una señal que manifestara su voluntad con respecto a mi persona. La carta del Cardenal Echevarría es, para mí, esta señal que manifiesta la clara confirmación de la Voluntad del Señor con respecto a mí”. (Libro “Soñando el día , Pag.237, Autor: Padre Lorenzo Gaiga, MCCJ).

Desvinculado del Instituto Comboniano desde octubre de 1995, aunque esencialmente pertenecía a este, se traslada a Quito para iniciar su labor al frente de la Obra “María, Madre de la Unidad”. En ese entonces, junto a él trabajaba el Sacerdote Redentorista Padre Juan Antonio Abril, quien se encontraba en circunstancias similares a las del Padre Alberto. Es así como el 22 de mayo del año 1995, Dios muestra su voluntad de forma clara y el Padre Alberto decide ofrendar su vida de manera definitiva a nuestra Obra, asumiéndola radicalmente con todo lo que en ese entonces implicaba.

En cortos pero muy intensos tres años de vivencias profundas en el amor a Dios (1994-1997), logra acrecentar y consolidar el proyecto de Amor y Unidad en esta comunidad. Durante este tiempo se convierte en un canal de gracia para la conversión de los pecadores. En su actitud de alegría y humildad profunda, acoge con amor y misericordia a toda alma que se acerca a él, amándola sin importar su condición, transformándose en caridad verdadera para cada una.

El trabajo misional entregado y fecundo de este siervo de María en la espiritualidad de la Unidad, hace que las semillas germinen en pocos meses y se extiendan en Ecuador y hacia Colombia.

Su alma cálida y profunda toca el corazón de cada una de las comunidades a las que asiste, buscando siempre en sus formaciones impulsar a todos a salir de sí mismos, para encontrarse con el “otro”. Su disponibilidad permanente y sin límites a todas las almas que lo buscan, habla de un amor que dignifica a la persona. Por donde pasó nuestro amado Padre Alberto, dejó el perfume mariano que caracterizó la esencia de su alma sacerdotal.

En el mes de marzo de 1996, presidida por el Padre Alberto, salió la primera peregrinación de la Obra a los Santuarios Marianos Europeos y a Tierra Santa, integrada por miembros de Quito y Guayaquil. Nuestro Moderador General, en un lugar bendito y en oración profunda y trascendente, consagró la Obra “María, Madre de la Unidad” a María Santísima, en el Santuario de Nuestra Señora de Fátima, en Portugal.

El Padre Juan Abril, sacerdote Redentorista, ingresa a la Obra el 1 de diciembre de 1996, en su decisión de seguir los pasos del Padre Alberto, quien le recomendó que pase por el mismo proceso suyo, pedir un año sabático y vivir todo el proceso de exclaustración.

El 12 de diciembre de 1996, nuestro Moderado General, acompañado por el Padre Juan, Marcia, Juan Arturo y un pequeño grupo de misioneros, realiza un importante viaje misionero a Santa Fe de Bogotá, Colombia, ciudad en la que, para gloria de Dios, se funda la Obra. Completada la tarea viajaron a México con el fin de consagrar a Nuestra Señora de Guadalupe, Emperatriz de América, la misión evangelizadora en todo el continente, de nuestra amada Obra de la Unidad.

El Padre Alberto padecía leucemia y tuberculosis en el año 1963. En ese entonces y de manera prodigiosa, una religiosa amiga suya, en el amor que le tiene, ofrece su vida a Dios por la del Padre Alberto. Y es así como al poco tiempo y milagrosamente desaparecen estas enfermedades de su cuerpo. Su amiga religiosa fallece diez años después, con las mismas enfermedades.

A inicios de diciembre de 1996, después de entregar su vida como siervo del Señor y de la Santísima Virgen María, por amor a la bendita Obra de la Unidad, nuestro Padre Alberto pone su mano sobre el altar de la capilla de la casa “San Pedro”, en Quito, en un momento de oración profunda y unción espiritual, en una especial reunión del Consejo General. Y a los pocos días la enfermedad de la leucemia brota nuevamente en su organismo. Intensas jornadas de oración son ofrecidas por toda la Obra pidiendo al Cielo para que el Padre Alberto sane, pero en esas pocas semanas que le quedan de vida, él mismo va preparando su partida para gozar junto al Padre Celestial, a través de actos concretos de amor puro, que elevan cada vez más su alma.

El Padre Alberto, según las normativas de la Obra, debía nombrar a su Vicario, quien ocuparía su lugar de Moderador General después de su muerte. Estando el Padre muy delicado de salud, pide llamar al Padre Juan Abril, quien ya es parte de la Obra y vive en la casa “San Pedro” junto al Padre Alberto. Es en ese momento donde estas dos almas sacerdotales tienen una importante conversación bajo la inspiración y luz del Espíritu Santo.

Días después el Padre Juan Abril se presenta ante el Consejo, luego del fallecimiento del Padre Alberto, declarando: “El Padre Alberto, de palabra, me nombró su Vicario”. El Padre Juan es llevado por Jesús a vivir un enamoramiento de la espiritualidad del Amor y la Unidad, al conocerla verdaderamente en medio de una experiencia de alegría, de sentirlo a Dios profundamente y de fascinarse con quienes estaban cerca suyo.

En Quito, la tarde del 03 de febrero de 1997, luego de dos semanas de padecer los terribles dolores e incomodidades de la enfermedad de la leucemia, este santo sacerdote, siervo de Dios, es llevado por el mismo Señor Jesús al Cielo, muriendo en olor a santidad. Aroma del que somos testigos muchas personas, entre laicos y consagrados; afirmaciones que fueron recogidas en video y cuyo intenso aroma a rosas se mantuvo fragante durante toda una semana en su habitación de la casa “San Pedro”.

En la noche del 3 de febrero, en la capilla de la Casa “San Pedro”, estando presentes el Consejo General, el Padre Juan Abril, y algunos miembros de la Obra en Quito, el Exmo. Señor Cardenal Mons. Bernardino Echeverría Ruíz, O.F.M., celebra la santa Misa por el alma del Padre Alberto, y entre sus sentidas palabras, por amor al Padre y a la Obra de la Unidad, alentó a los presentes, asegurando que la Obra de la Unidad es de Dios porque es claro para la Iglesia percibirlo cuando el Superior o principal de una orden o congregación muere en funciones, porque su sangre se une a la de los mártires, que entregan su vida por la Causa de Cristo, en medio de su Iglesia.

Sus funerales fueron presididos por S.E. Monseñor Antonio González Zumárraga, Arzobispo de Quito y Primado del Ecuador y amigo personal del Padre Vittadello, en concelebración con doce sacerdotes Combonianos y el Padre Provincial.

En el mismo año, por medio del Exmo. Señor Cardenal Bernardino Echeverría, queda aprobada la oración para la devoción privada, que busca la beatificación del Primer Moderador General de la Obra de la Unidad.

El Padre Alberto inicia la historia del Amor y la Unidad. Él es raíz, base y cimiento de nuestra espiritualidad. La fugaz experiencia junto a él, un año y medio como Moderador General de la Obra, y tres años compartiendo en medio nuestro, nos deja toda una bella enseñanza de lo que es un hombre de virtud, un referente de amor verdadero.

Su fallecimiento es una gracia para nuestra Obra y para cada una de las almas que llegaron a conocerlo. Nos queda su gran legado de radicalidad, entrega, humildad, pureza, autenticidad, libertad, sinceridad y aquel silencio elocuente de Dios que nos da sabiduría.

Distintos hechos de su vida lo conforman como un fiel sacerdote de la Unidad, desarrollando en él un estado contemplativo y profundo de su alma, de manera que se puede contemplar la gracia de quien vive la santidad en esta vida terrenal.

Se queda en medio nuestro como un modelo impecable de sacerdote mariano y misionero, con una fe sencilla y robusta, acompañada de su humildad, espíritu de oración, alegría y don de gente, teniendo siempre como centro de su vida a Jesús Eucaristía, bajo el amparo de la Virgen María, Madre y Reina de la Unidad.

“He sido como cera blandita en tus manos y me he dejado amoldar: oración, mortificación, humildad y caridad… santa emulación de los mejores”. (Padre Alberto).

 

Información tomada de una entrevista con Marcia Morcillo y del Libro «Soñando el día.»

Resumen