Carta Diciembre 2025

Carta Diciembre 2025

Quito, 27 de diciembre de 2025

Amados hermanos de esta bendita Obra de la Unidad, desde mi corazón quiero hacerles llegar un abrazo fraterno, en este día en que la Iglesia celebra al Apóstol amado, San Juan, aquel que supo adentrarse en las profundidades del Sagrado Corazón de Jesús; día propicio para compartir la alegría que se nos ha dado, porque el Mesías, nuestro Rey, nuestro Maestro del Amor y la Unidad, ¡ha nacido!

El alma reboza de gozo ante la Gloria de Dios que se ha manifestado plena en la Nochebuena. El Dios Todopoderoso se ha hecho Hombre. El Amor Omnipresente se hizo un pequeño Bebé, el más tierno e indefenso, envuelto en pañales, en un pobre pesebre que se convirtió en su primer hogar, al calor de la ternura, de la humildad, de la sencillez, de la confianza y del dócil abandono de sus Padres que, con inocencia, se dejaron llevar por la corriente perfecta de la Voluntad Divina, permitiéndole a Dios hacerlos custodios del Verbo Encarnado.

San José, el hombre justo, el padre y esposo que nos enseñó con su vida, con su amor a Dios por sobre todo, con su corazón valiente, leal y fiel, a encarar aquella lucha humana, que lo llevó a sobrepasar su propia lógica, sus miedos y a romper con total humildad sus estructuras de hombre, para convertirse en el padre terrenal del Hijo de Dios y el esposo casto de la Virgen, Madre de Dios, bendito protagonista y testigo fiel del hacer de Dios en el hogar santo.

La Santísima Virgen María, nuestra Bendita Maestra, Alma Inmaculada que Dios preparó desde siempre, y que toda su vida se dejó llevar, como una hojita al viento, por la Gracia Divina, sin pretender entenderla, solo depositada en el Divino Querer sobre Ella. Nuestra Madre y Reina nos mostró con su vida lo que significa realmente vivir en Dios y que Dios se glorifique en Ella.

Este año jubilar, nuestra Madre nos ha llevado a que, de su mano, contemplemos su vida: de cómo en su fragilidad, en su pequeñez, en su ser la Esclava del Señor, triunfó el Amor infinito e incontenible de Dios. A que, en Ella, meditemos y cantemos su Magnificat, como expresión de nuestras almas agradecidas y conscientes de todo cuanto el Señor ha hecho y hace en nuestra vida y en la de los nuestros. Amor divino y maternal que se ha dado de manera muy especial a esta Obra, tan amada y particularmente cuidada por el Cielo.

Como miembros de la Obra y en medio de la cruz de las pruebas que hemos vivido, nuestra Madre nos ha traído, de las manos de su Hijo Santísimo, la esperanza y la mansedumbre, para que experimentemos humildemente la Misericordia de Dios, y busquemos vivir solo en la Verdad, que es Él mismo, que nos invita a vivir por Él, con Él y en Él, en cada circunstancia de nuestra vida.

Llama la atención, en las palabras de nuestro Santo Padre, en la homilía de Nochebuena, como Dios se muestra en lo pequeño, en lo vulnerable:

“Para encontrar al Salvador no hay que mirar hacia arriba si no contemplar hacia abajo. La Omnipotencia de Dios resplandece en la impotencia de un Recién Nacido.”

Estas palabras confirman una de las cosas que en este año Dios ha querido que aprendamos. Pues, ¿quién de nosotros no ha tenido que doblegarse ante las pruebas, a veces pequeñas, a veces grandes, donde Jesús nos ha llamado a vivir como María y confiar? Como Obra hemos enfrentado una de las grandes pruebas que ha tocado el corazón de tantos, y como familia hemos luchado juntos con amor, con fe y esperanza. Muchos han sido cuestionados, pues, humanamente no se puede entender que Dios se manifieste Glorioso en el dolor o en la enfermedad, en la vulnerabilidad de quien amamos. Pero eso nos ha llevado a contemplar con los ojos y corazón humildes el actuar de Dios, libre, portentoso, incomprensible para nosotros, pero totalmente tierno, cercano e íntimo con sus hijos amados.

Todo esto, evidencia también, cuánto Dios busca que haya en nosotros transformaciones verdaderas y profundas, movimientos radicales del alma para dejar aquellos hábitos donde todavía nos gobierna el “yo”, perdiendo de vista la Gracia que nos cubre día a día, pero que actúa cuando rompemos el miedo a aceptarnos vulnerables y pequeños, donde no podemos controlar nada. Pues es así como podemos vivir en el gozo y alegría permanentes del pesebre en Belén, no ahora, sino todo el año, toda la vida.

Celebremos gozosos la victoria de Dios sobre nuestras fragilidades, cuando indefensos nos hemos postrado ante Él y le hemos permitido hacer su Voluntad sagrada en nosotros.

Es tiempo decisivo en que el Señor requiere de nosotros, que avancemos en nuestro interior, que sigamos dando un paso adelante en el amor verdadero cada día, porque el Amor quiere quedarse en nosotros, y que también lo llevemos a tantos que Lo necesitan.

Y qué importante es que hagamos un alto, estando a las puertas de terminar este año jubilar bendito de la Esperanza y el Magníficat de nuestra Madre Santísima, y pongamos en palabras concretas que ha hecho Dios en cada uno, a través de las pruebas personales, familiares y que como Obra hemos vivido. Y también es importante reflexionar: ¿Qué faltó de mí en aquellas circunstancias?

Los animo a que hagan esto y que pongan a los pies del Niño Jesús la ofrenda de la conciencia de las faltas y omisiones cometidas en contra del amor, y el propósito de cambio de actitud, con actos concretos de reparación y cambio, y que sea impulso poderoso para comenzar el próximo año con decisiones nuevas, para seguir el camino de Gracia que nuestro amado Maestro tiene para nosotros.

¡Podemos experimentar el Cielo en la Tierra! A eso estamos invitados viviendo nuestra espiritualidad. Podemos ser felices y ser libres en el Señor, y que contagiemos, por donde vayamos, el amor y felicidad de Dios, porque le hemos permitido al Señor que habita y actúe en nosotros.

¡Feliz Navidad y un bendecido Año Nuevo, junto a sus familias, siempre en la Presencia de Jesús y María!

Los abrazo con mi corazón, en el amor fraterno que nos une,

 

Juan Arturo Crespo V.
Presidente OMMRU

 

Síguenos en: