Carta Noviembre 2019

Carta Noviembre 2019

Bienaventurados si nos negamos a nosotros mismos, porque entonces alcanzaremos un pedazo del cielo en la tierra.

Amados hermanos, miembros de la Obra de la Unidad: 

Reciban un fraternal abrazo de este hermano suyo que nuevamente quiere llegar a ustedes en nombre de nuestro Jesús, Maestro del Amor y la Unidad. Una vez más el Señor nos llama a que caminemos en pos de Él y a que lleguemos a esa plenitud en la unidad con Dios tan anhelada por Él y por nuestra alma.

Comienza el mes de noviembre, mes en el que conmemoramos a todos los santos. Resulta fascinante meditar aquello que los llevó a esos valientes hombres y mujeres de fe a la plenitud con Cristo. Unos anónimos y otros reconocidos, que han sido llevados a los altares, pero es la misma Santidad a la que todos estamos llamados en la Obra de la Unidad.

Reflexionando un poco sobre la Consigna de este año, quisiera profundizar en la aventura del “SÍ” a Dios. ¿Qué necesitamos para vivirlo? ¿Qué es fundamental en nuestra alma para que la Gracia alcance en nosotros la plenitud y, por consiguiente, la felicidad eterna desde nuestro paso por esta tierra? ¿Qué es lo que vivieron estos santos y que yo estoy invitado a experimentarlo?

Cristo dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lc 9, 23)

Los santos amaron a Dios por sobre todas las cosas y a los demás como a sí mismos. Amaron la verdad en su vida, de tal manera, que la escucharon, la siguieron e, incluso, la defendieron aún de ellos mismos. La Verdad, que es Cristo mismo, penetró, tocó y transformó cada rincón de su ser. ¡Cuánta humildad se necesita para eso! El camino de conocimiento personal envuelto en el amor misericordioso de Dios los hizo negarse a sí mismos con radicalidad, y así, amar al prójimo como Dios nos pide.

Pensemos en nuestra Madre y Reina. Ella vivía tal amor y fe en Dios que ni por un instante dudó de su Poder ni de su Gloria. María, la Pequeña, la Esclava, se sumergió en los perfectos misterios de Dios: que el Hijo y Redentor se encarne en sus entrañas. Se abandonó humilde y cierta de que sólo Dios puede todo. Entonces nada temió. Aún ante la duda de su esposo José, Ella permaneció arraigada en Dios.

Ella no entendía, no sabía nada de lo que vendría al decir “He aquí la Esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Toda su vida estaría comprometida en ese “Sí”. Al contrario de llenarse de miedo, la Dulce Madre encontró todas las respuestas en el Corazón de Dios. La Humilde Sierva sabía que, si Dios la llevaba por ese camino, Él, el Dueño de sus días, el Creador y Todopoderoso, guiaría cada paso de su vida. Ella sabía que todo lo que pasaba, toda persona que se cruzaba en su camino tenía una razón de ser. Por lo que siempre estuvo para entregar su corazón en todo lo que vivía.

De una manera extraordinaria, la Santísima Virgen María nos muestra cómo enfrentar el día a día sin temor. A su ejemplo debemos ser valientes y decididos en la fe (cf. Col 1, 23), en la confianza y en la voluntad entregada al Querer Divino, que es buena, perfecta y agradable (cf. Rom 12, 2).

La verdad muchas veces nos produce miedo, porque el mundo ha condicionado en nosotros la capacidad de ser puros, mansos, inocentes y humildes. La voz del mundo nada tiene que ver con la del amor verdadero. La mirada que nos enseñaron a tener sobre nosotros mismos y sobre los demás no es la mirada del Dios que es infinita misericordia. No. El mundo nos lleva por un camino muy lejano al de la verdadera paz, felicidad y libertad. Estos son consecuencia del dejarnos tocar y llevar por el camino hermoso, aunque desconocido, del amor verdadero.

La división interior nos aleja de Dios. La falta de verdad, el desconocimiento de nosotros mismos no nos permite saber aquellas cosas que interfieren en nuestro corazón para amar realmente. El termómetro de nuestro corazón es cómo llevamos nuestras relaciones con los demás y es a través de ellas que nos vamos conociendo a nosotros mismos.

En la homilía del 1 de noviembre de 2018, su Santidad el Papa Francisco nos lleva a reflexionar aquella invitación que Dios nos hace y que todos los santos han alcanzado.

“El Evangelio dice bienaventurados los pobres, mientras que el mundo dice bienaventurados los ricos. El Evangelio dice bienaventurados los mansos, mientras que el mundo dice bienaventurados los prepotentes. El Evangelio dice bienaventurados los puros, mientras que el mundo dice bienaventurados los astutos y los vividores. Este camino de la bienaventuranza, de la santidad, parece conducir al fracaso. Y, sin embargo, —la primera lectura nos lo recuerda de nuevo— los santos tienen ‘palmas en sus manos’ (v. 9), es decir, los símbolos de la victoria. Han ganado ellos, no el mundo. Y nos exhortan a elegir su parte, la de Dios que es santo.

 Preguntémonos de qué lado estamos: ¿del cielo o de la tierra? ¿Vivimos para el Señor o para nosotros mismos, para la felicidad eterna o para alguna satisfacción ahora? Preguntémonos: ¿realmente queremos la santidad? ¿O nos contentamos con ser cristianos sin pena ni gloria, que creen en Dios y estiman a los demás, pero sin exagerar? El Señor ‘lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados’ (Gaudete et Exsultate, 1). En resumen, ¡o santidad o nada! Es bueno para nosotros dejarnos provocar por los santos, que no han tenido medias tintas aquí y desde allí nos ‘animan’ para que elijamos a Dios, la humildad, la mansedumbre, la misericordia, la pureza, para que nos apasionemos por el cielo más que por la tierra.” SS Francisco, homilia 1 de noviembre de 2018.

Nuestro Santo Padre nos cuestiona y debemos dejarnos tocar por sus palabras. Reflexionemos, entonces, si queremos del todo pertenecer a Dios. Debemos aprender a buscar con vehemencia que la totalidad de nuestro ser esté fundida en el Amor que se nos muestra de tantas y tantas formas en esta bendita Obra.

Debemos entender que no somos los dioses o los protagonistas en la vida, sino que es Dios en nosotros, con su sabiduría y su Misericordia infinita, el Hacedor hasta del más mínimo detalle de nuestra existencia. Este hacer de Dios en nosotros se nos revela a través de esta espiritualidad: ¿Qué tiene más peso en nosotros, nuestras pasiones y autocomplacencias, nuestros criterios y formas de vida; o el aquel plan trazado por Dios para nosotros, el amor por los demás, la paciencia, ¿la humildad y la sinceridad?

Responder al Señor en estos tiempos significa no dormirse. Hay muchas distracciones u obstáculos. El mundo demanda de nuestro tiempo y trabajo y cada uno se adormece por la acción del mal. Lo normal es la modorra, hacerse al ambiente. Hay tanta contaminación, tanta desidia, que es fácil cultivar una actitud de impotencia, de un “¿qué se puede hacer?”.

En contraste a ello, la diligencia está en actuar responsablemente ante lo que se nos dice. Es tiempo de sentirse que sí se puede, hacer lo que se debe, levantarse, defender. No importa si estamos en casa pasando una enfermedad, o si estamos en situación difícil en el trabajo, o si estamos viviendo una prueba. Lo importante es tener una actitud valiente en la vida cotidiana. Esta debe ser la actitud de este tiempo.

¿Qué importa la incomodidad, los problemas y las pruebas, si en medio de ello es más grande la alegría de estar con un Dios amigo y más cercano que nunca?

No podemos seguir guardando nuestro corazón para “momentos especiales”. No, Jesús quiere que pisemos sus huellas. No nos neguemos a tomar nuestra cruz y seguirlo. Que queramos dar la vida por Él en esta Obra y por quienes Él ponga en nuestra vida.

Puede parecer complejo y hasta difícil, pero solo basta una decisión. La decisión de aceptar su voluntad, que nos conduce a descubrir en nuestra vida la belleza de la plena felicidad de la que Dios nos quiere llenar.

Este mes tengamos la conciencia de cómo somos con los demás. ¿Qué actitudes tenemos con nuestros hijos, con nuestros hermanos de comunidad, con nuestros padres? Aprendamos a poner verdad en todo, sin miedo. Que en nuestra alma se fortalezca la voluntad para vencer nuestras pasiones, los malos hábitos, el juicio, la crítica, la desconfianza, el no entregar verdaderamente el corazón, los respetos humanos, o la pereza espiritual que se interpone en nuestro camino hacia el Señor.

Debemos estar vigilantes y despiertos este mes. Atentos a los signos de los tiempos y tener los ojos fijos en Jesús (cf. Hb 12,2). No podemos desanimarnos, aunque parezca que el mal gana espacio, que el mundo se cae a pedazos. Miremos la realidad con esperanza, sin fatalismos. Más allá de la oscuridad del mundo sabemos que Dios está y actúa, y que todo está bajo su estricto control. Si así actuáramos tendríamos una actitud mucho más madura. No podemos darle importancia al mal, más bien debemos propagar y sostener la fe con valentía y fidelidad. Debemos llevar la certeza de que el Señor triunfa y lo está haciendo a través de la Obra, inmersa en la Iglesia, y en unidad incondicional con el Santo Padre.

El Señor quiere sacudirnos de la modorra del mundo. Que vivamos conscientes de nuestro compromiso con la Verdad, la Vida, la Familia Cristiana, los Valores Morales inmutables, la Fe y la Fidelidad a su Doctrina y con la vivencia y la práctica constante de su Misericordia. Orando y dispuestos a dar la vida por Él en el prójimo. Se acabó el tiempo de caminar para uno mismo. Ahora es tiempo de estar en función de lo que el Señor pide, una santidad militante. Por eso es importante la actitud de la oración constante porque no se puede bajar la guardia.

Es por eso que quiero pedirles especialmente que en este mes no dejemos de orar de manera muy particular por el Papa Francisco. Que nuestro amado Santo Padre sienta la caricia y la ternura de María a su lado, que de alguna manera perciba que los miembros de la Obra de la Unidad en el mundo estamos a su lado siendo fieles y confiamos plenamente en su guía y actuar, y que creemos firmemente que el Espíritu Santo lo asiste y lo ayuda a llevar la barca de la Iglesia, en medio de esta tenebrosa tormenta, y que su poderosa mano la conducirá segura, y así su corazón se fortalezca en el amor de Dios y no decaiga.

Recordemos la “transacción” propuesta del rezo ferviente del Santo Rosario para salvar a un alma del purgatorio. ¡Qué felicidad el saber que hay quienes se salvan por nuestro rezo de corazón! Mantengámonos en oración para que el Señor, en su Misericordia, triunfe en nosotros y en su Iglesia, para que salgamos, como María y todos los santos, en pos del otro y, sobre todo, alegres de saber que es en nombre del Amor que vivimos.

Me despido y con amor pido a Dios que nos bendiga a todos.

 

Juan Arturo Crespo V.
Presidente OMMRU
 
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